El dolor de rodilla es uno de los motivos de consulta más frecuentes en traumatología. Puede afectar a personas de todas las edades y niveles de actividad, desde deportistas hasta adultos mayores, y su origen puede ser traumático, degenerativo, inflamatorio o mecánico. Comprender sus causas y abordarlo de manera adecuada es clave para evitar la progresión del daño y preservar la funcionalidad de la articulación.
La rodilla es una articulación compleja formada por el fémur, la tibia y la rótula. Está estabilizada por ligamentos (cruzados y colaterales), meniscos, cartílago articular, músculos y tendones. Cualquier alteración en estas estructuras puede generar dolor, inestabilidad o limitación funcional.
Lesiones traumáticas
Esguinces o roturas de ligamentos (LCA, LCP, ligamentos colaterales).
Lesiones meniscales.
Contusiones o fracturas.
Suelen aparecer tras caídas, golpes o movimientos bruscos, especialmente en el deporte.
Desgaste articular (artrosis)
Afecta principalmente a adultos mayores, aunque puede aparecer antes por sobrecarga o lesiones previas.
Se caracteriza por dolor progresivo, rigidez matutina y dificultad para caminar o subir escaleras.
Síndrome femoropatelar
Dolor en la parte anterior de la rodilla, frecuente en jóvenes y deportistas.
Se relaciona con desequilibrios musculares, mala alineación o sobreuso.
Tendinitis y bursitis
Inflamación de tendones (rotuliano, cuadricipital) o bursas.
Común en actividades repetitivas, saltos o arrodillarse con frecuencia.
Alteraciones de la pisada y la biomecánica
Problemas en los pies, caderas o columna pueden repercutir en la rodilla.
El uso de plantillas o correcciones posturales suele ser clave en estos casos.
Se recomienda consultar al traumatólogo cuando el dolor:
Es intenso o persistente.
Se acompaña de hinchazón, bloqueo o inestabilidad.
Aparece tras un traumatismo importante.
Limita las actividades cotidianas o el descanso nocturno.
El diagnóstico se basa en:
Historia clínica detallada.
Examen físico específico.
Estudios complementarios según el caso: radiografías, resonancia magnética, ecografía o estudios de la marcha.
El tratamiento dependerá de la causa y la gravedad:
Conservador: reposo relativo, fisioterapia, fortalecimiento muscular, antiinflamatorios, cambios en la actividad física y corrección biomecánica.
Infiltraciones: en casos seleccionados (ácido hialurónico, corticoides).
Quirúrgico: reservado para lesiones estructurales que no responden al tratamiento conservador.
Mantener un peso adecuado.
Fortalecer la musculatura del muslo y la cadera.
Realizar una correcta entrada en calor antes del ejercicio.
Usar calzado adecuado y tratar a tiempo las alteraciones de la pisada.
El dolor de rodilla no debe normalizarse ni ignorarse. Un diagnóstico temprano y un tratamiento adecuado permiten aliviar el dolor, mejorar la calidad de vida y prevenir lesiones mayores. Ante molestias persistentes, la consulta con un traumatólogo es fundamental para preservar la salud articular a largo plazo.